Fever

Italia: Repartidor por una noche

Escrito por un repartidor en Bologna

Las ruedas de la bicicleta giran a través del centro desierto y silencioso de Bologna: hay una hamburguesa gourmet para entregar. Incluso en el medio de la pandemia la “ciudad de la comida” no para. La idea de morir como un héroe, salvando la vida de algúnx extrañx, es casi preferible. Entregando para Deliveroo, arriesgás tu vida solo para que algúnx extrañx no se tenga que molestar en cocinarse la cena. Ni siquiera tenemos el placer de ser indispensable.

Un banner aparece en la ventana de una casona en la calle mayor: “Todo va a estar bien”. La burguesía de la ciudad está convencida que todo va a volver a la normalidad. Para ellxs todo estaba marchando bien, un pequeño accidente en el camino ha socavado sus vidas lineales, pero ellxs también hacen sacrificios porque, como dicen, “estamos todos en el mismo bote”. Son moralmente superiores se quedan en casa, no arriesgan estúpidamente su vida, ni la de otras personas, se quedan en casa. Pueden darse el lujo de ser éticamente superiores. La vida no es tan mala en 150 metros cuadrados. Trabajas desde casa, o simplemente no trabajas, sin salmón ni bagels de palta en el café Zoo, sin desayuno en la panadería Pistonee, sin happy hour con vino biodinámico en Medulla, están haciendo sacrificios como todo el resto. Pero de vuelta a nosotrxs: Hay comida que entregar.

Después de media hora de espera en la fría y desierta pizzeria Maggiore y después de haber sido requisado por los policías al acecho, siempre a la caza de corredores salvajes, nosotrxs volvemos al trabajo. Nadie nos va a pagar por la media hora de espera, aunque estemos en nuestro turno. Ahora el algoritmo me manda a Burger King, en único lugar de comida rápida abierto en la ciudad donde la mayoría de los pedidos para repartidorxs están concentrados, también para aquellxs que trabajan para Glovo, JustEat y UberEats. En la calle de atrás del lugar de comida rápida hay 25 repartidorxs, el 90% de ellxs pakistaníes, hindúes, bangladeshis, y la mayoría de nosotrxs no de Bologna – en síntesis, somos todxs inmigrantes. Mientras hacemos la cola, otro dron pasa alrededor nuestro, volando bajito, zumbando, probablemente ¿también persiguiendo corredores? Nos reímos ¿será esto el “estado de emergencia”? ¿el poder omnipresente? Tal vez, de hecho una chica de Moldavia en frente mio llama a la policia. No debería haber más de 25 personas en una calle, dice, así no se puede realizar la distancia social. La policía no aparece, están ocupados en otro lado.

Mientras tanto, esperamos enojadoxs en una fila más o menos ordenada, esperando que unx empleadx del fast food venga a tomar las órdenes con una pizarra y marcador. ¿A dónde fue a parar la automatización? ¿dónde está la eficiencia capitalista? Diría que por aquí no, con los conductores de Amazon sin trabajo que vienen aquí por la noche para hacer el segundo trabajo, con un mes de espera para un paquete, etc… Hace rato que lxs repartidorxs saben que “el software en lugar de las personas” es una farsa. Escuchando los chistes, el tema es siempre el mismo: ¿te pagaron? ¿recibiste tu reembolso? “esta aplicación de mierda ni funciona”. Nadie sabe exactamente cómo se calcula su remuneración (que es de alrededor de 6 euros la hora sin los impuestos), generalmente tu salario está mal pago, la aplicación no encuentra tu ubicación, no hay reembolsos para el tiempo de espera o para los bonus por mal clima. No tenés oficina a donde ir a reclamar, mandás un mail esperando que un bot de un servidor español se lo envié a algunx empleadx. Ahora, con la mitad de Europa en cuarentena, quién sabe si te van a responder, hay menos personas trabajando en las compañías de delivery, y quien sabe cuando veremos nuestro dinero.

La emergencia ha puesto al descubierto la supuesta perfección de la máquina logística, por más que podamos soñar con automatización y aceleración, descubrimos que es un lujo para la burguesía, la clase privilegiada. Al final, la amplia base de la producción y a la reproducción está hecha con nuestros propios cuerpos, que se esfuerzan, transpiran, se mueven, se enferman, no más ni menos que hace unos pocos siglos. Por ahora, la automatización solo robó nuestro trabajo, o hizo su gestión más despreciable. Vos entenderías eso con una sola tarde usando una aplicación que te dice a dónde ir, qué hacer y cuanto ganas. Si tenés un problema durante tu turno de trabajo solo hay un chat virtual con otrxs trabajadorxs, que también ganan una miseria, que trabajan permanentemente desde las casas (y empezaron a hacerlo mucho antes de la pandemia), quienes enloquecen tratando de entender remotamente nuestros problemas.

Esta es la última demostración que esta emergencia no trae nada nuevo: las medidas ya testeadas por la llamada economía colaborativa se expanden. Trabajamos valorizando nuestros bienes, computadoras, teléfonos, autos, motos, bicicletas y casas. Hablemos de unx docente precarizadx o de unx repartidorx, el costo del capital fijo es descargado sobre nosotrxs – eso es el capitalismo amigux!

No hablamos mucho en la fila, estamos todxs alienadxs y enojadxs. Algunxs repartidorxs se están peleando con lxs empleadxs de Burger King: “estxs forrxs no trabajan, son lentxs.” El algoritmo se llevó nuestro sano resentimiento en lxs jefxs, que ahora son invisibles. Todo lo que queda es agarrarselas con lxs empleadoxs que nos dan la comida para entregar. Pero hay 4 de ellxs, en el único lugar abierto y barato de la ciudad de comida rápida, manejando cientos de pedidos, sin jefes (están con “licencia médica”) y forzados a trabajar con personal limitado por los nuevos lineamientos de salud. Este es un sector que el gobierno italiano considera esencial. Para ser claro, nadie tiene barbijos ni guantes, ni lxs repartidorxs ni lxs empeadxs. Eso sería otro gasto más que se quemaría en las ganancias de la noche.

Hay caras nuevas en la fila, algunos chabones italianos, un poco fuera de lugar, que empezaron a trabajar para esta plataforma en el comienzo de la emergencia. También están quienes perdieron su trabajo, o quienes tuvieron que empezar a trabajar porque a sus padres y madres (del sur de italia) lxs dejaron sin trabajo. “Sangre nueva en las arterias de la ciudad”.

Los minutos se vuelven horas, vamos perdiendo la paciencia, pegadxs a nuestros celulares, teniendo la esperanza de que la hamburguesa no deba ser llevada muy lejos, especialmente por quienes estamos en bicicleta. Algunxs tienen más suerte, en compañías como JustEat y Glovo, hay reembolso por esperas largas, a quienes estamos en Deliberoo no nos dan ni un centavo. La exasperación casi que nos une y terminamos hablando unx a otrx. Mientras hablamos sobre quien gana mas o menos, un muchacho me dice que comenzó a trabajar el primer dia de cuarentena. Dice que después de la incertidumbre inicial comienza a obtener un flujo constante e intenso de trabajo, que se hace más difícil por la pesadilla logística que son los comercios de comida rápida, sumado a la inseguridad y miedo de enfermarse. El trabajo está dividido en varios turnos durante la semana, siempre aleatorio y determinado por el puntaje de confiabilidad que la app calcula. Porque para tener acceso a más horas de trabajo, unx tiene que abrir la app a menudo y ver qué está libre. Alguien que ha trabajado desde hace mucho tiempo, y nunca ha negado un encargo o perdido un turno, tiene un mayor puntaje y acceso a más horas. Aquellxs que quizás hayan tenido un accidente, se hayan negado a trabajar en la nieve o estaban enfermxs, tienen que ver descender sus puntajes y deben comenzar de nuevo. Cuando unx empieza a trabajar es mejor aceptar todo lo que llegue para aumentar tu puntaje, mostrar tu lealtad al ciclo de producción. Las compañías remarcan la flexibilidad, confort y libertad de ser un colaborador independiente, pero para la mayoría de lxs trabajadorxs es una fantasía: la posibilidad de trabajar cuando quieras, por unas pocas horas, después de estudiar o de hacer otros trabajos. Pero si no estás disponible, perdés la oportunidad de trabajar. De hecho, dentro del marco regulatorio del trabajadorx cuentapropista o autónomx, donde este trabajo está incluido (sin contribuciones o seguro pero con una retención del 20% al final de mes), ser mensajerx se ha convertido en un trabajo fijo e indispensable para la vasta mayoría de quien lo hace. Si este pedazo de trabajadorxs “disponibles” y con experiencia pararan, el sector de entrega por delivery explotaría, ya que las compañías no podrían depender de jóvenes estudiantes de Boloña, que son muy intermitentes.

Después de una hora de esperar en la fila, dos chicas están conversando, quejándose acerca de los paquistaníes -dicen que cada vez que el empleado de Burger King llega para tomar los pedidos, ellos se amontonan, saltan la fila, se paran uno al lado del otro, no se preocupan por el distanciamiento social. Lxs extranjerxs también representan un gran número de trabajadorxs con experiencia, trabajan principalmente con ciclomotores (obviamente sin reembolso en gas, mantenimiento o seguro) y han visto a muchxs nativxs ir y venir, quienes más temprano que tarde se aburren del trabajo, encuentran otro mejor o tienen un soporte familiar que les permite esperar por otro trabajo. Queda claro que en el mercado de trabajo, la raza, así también como el género, tienen un peso específico, lxs trabajadorxs italinxs tienen un acceso más amplio, especialmente si son jovenes y poseen educación acreditada.

Sumado a todo esto, en nuestro turno no hemos visto nada excepcional en el medio de la pandemia. La normalidad es relativa. Trabajamos como siempre, sin ningún tipo de protección y por el mismo centavo de siempre. Unx sale, pedalea, tomas algunos encargos, vuelves a casa, haces otro trabajo o cambias de bolso para hacer exactamente lo mismo para otra plataforma. Hay quienes cambian de municipio y van hasta San Lazzaro o Casalecchio para acceder a otros turnos. Finalmente volvés a casa ¿A quien se le ocurre que después de eso puedas cocinarte una cena o ni siquiera salir a trotar?

¿La normalidad lo reina todo? Quizás. Unx todavía puede sentir que una cosa ha cambiado: nos estamos quedando sin paciencia. En las calles unx solía conocer mucha gente, colectivos, autos, turistas, hombres trajeados, gente de compras; éramos, como otrxs tantxs, invisibles. La ciudad en lockdown marca a lxs trabajadorxs disponibles, aquellxs en la primera línea de la producción, gente que se ha acostumbrado a quedar en casa y ordenar comida tanto y más que antes, mientras nosotrxs estamos afuera. Solo quedamos nosotrxs en las calles, además de algunxs trabajadorxs de la basura y policías. Quizás estamos comenzando a sentirnos indispensables. Las palabras que nacen de las alienadas cabezas de lxs repartidorxs mas experimentados son de ira e impaciencia, más que el miedo de enfermarse. Las empresas de comida y mensajería lamentan la crisis, pero en vista de su capacidad para utilizar el fondo de cesantía, la crisis del sector cae sobre nuestros hombros, sin proteccion y sin sindicatos interesados en nuestra situación. Con todo el respeto a los improvisados sindicatos de mensajería, nadie aquí ha escuchado siquiera su “carta de derechos”, que resultó en tinta muerta sobre el papel, y solo ha probado ser nada más que propaganda útil para la izquierda en la ciudad. Si la emergencia ha remarcado las ineficiencias del sector de logística, sobrecargandonos de trabajo, también ha erosionado nuestra paciencia. Porque unx termina preguntándose: “¿Porque yo no estoy en casa?”

Después de una hora y cuarenta y cinco minutos de espera, tomo mis pedidos y me doy cuenta que mi destino queda a tres kilómetros y medio de distancia, y seguramente después tenga que volver al centro para tomar unos pedidos más. Me siguen otrxs trabajadorxs que, como yo, se dirigen hacia los suburbios. Me encuentro en un triste patio del barrio San Donato, y mientras busco el timbre, una portera se acerca, sola y con tres niñxs, la comida es para ella. Me disculpo por la espera. Salgo para la entrega final, un anónimo productor de sandwiches del centro de la ciudad. Mientras prepara la orden, el dueño me invita a sentarme y se queja acerca de las compañías de delivery, que dependiendo de tu ubicación geográfica aumentan el costo, especialmente si estás rodeado por otros restaurantes que realizan entregas. Cuesta 600 euros activar el servicio y hasta un 35% de comisión en comida. Antes, para los restaurantes era imposible ganar dinero sin hacer entregas, ahora, en este contexto de emergencia, es impensable. “Sábes, muchos comercios cierran porque no lo pueden costear. Nosotros no podemos. La gente quiere delivery, es casi como salir a cenar”.

Tomo mi pedido y salgo, agradezco al dueño por el vaso de agua que me dio “invita la casa” (sic) y me voy pensando acerca de ese 35% de comisión y cuánto de eso llega a mi bolsillo, y que muchos restaurantes nunca van a salir de la crisis, hasta Bologna “la grassa” va a tener que estar a dieta.

Entrego mi último pedido, me cruzo con otro mensajero que vuelve enojado con la chica que ordenó su pedido. Ella le hizo recorrer 4 kilómetros, se quejó por su lentitud y no le dejó propina (una regla implícita). Pedaleamos juntos durante un trecho, yendo por las calles vacías. ¡Pum! Una rueda pinchada. Muchas puteadas. Adiós a tres horas de trabajo.

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